sábado, 8 de febrero de 2014

¿POR DÓNDE TE DOBLEGAS?



¿Por donde te doblegas?


De qué forma nos doblegamos ante el/la otr@ , ante el mundo, ante la vida, puede leerse en nuestra actitud corporal.


Hemos vivido todas alguna vez la experiencia de, en una primera impresión, intuir muchas cosas sobre la manera de ser de una persona. Especialmente antes de que su discurso y nuestras proyecciones hayan enmascarado esta comunicación no verbal.


Comunicación que suele quedar al nivel instintivo puesto que la mayor parte de las veces no somos conscientes del por qué recibimos esta primera impresión. Por ejemplo del por qué una persona nos parece sumisa u orgullosa, o altiva, o bien nos sentimos confiadas o intimidadas.


Por descontado, también nosotras, con nuestro cuerpo transmitimos un mensaje inconsciente con el que nos comunicamos y por el que atraemos un determinado tipo de personas y de circunstancias.


Nuestra actitud corporal es la fuente de este lenguaje de inconsciente a inconsciente y tiene que ver con nuestra sensación profunda interna, puesto que contrayendo y cerrando ciertas vías o bien abriéndolas y dejando pasar, cerramos o dejamos paso a informaciones y expresiones; hecho que condiciona la percepción que tenemos de nosotras mismas y nuestra relación con el mundo.


A lo largo de la vida vamos cambiando nuestra forma de pensar pero, al permanecer escritas nuestras experiencias en el cuerpo y manteniendo el mismo código corporal, continuamos recibiendo una información sesgada y provocando en los demás el mismo tipo de reacción, por lo que acabamos encontrándonos una y otra vez ante situaciones similares.


Desde esta óptica, cambiar uno de los puntos más básico de nuestra actitud corporal puede tener una vital importancia.


En Diafreo trabajamos previamente el estiramiento y la relajación de la musculatura y los bloqueos que fijan estas actitudes; pero debido a la cantidad de información que, a partir de una pequeña toma de conciencia puede derivarse, me animo a proponeros esta experiencia.


El pliegue.


Nuestra actitud básica ante la vida, nuestros puntos de sumisión, de contención se manifiestan, en gran parte, en lo que llamo el pliegue.


Este pliegue marca en gran parte nuestra actitud corporal por lo que tiene mucho que ver con nuestro psiquismo, con nuestra actitud ante la vida y también con nuestra forma de mostrarnos y de captar el exterior.


Y también con muchos de nuestros dolores de espalda.


Este pliegue se acentúa cuando estamos muy cansadas, cuando nos enfrentamos a una situación difícil y cuando nos sometemos ante alguien o ante la vida.


Está marcado en nuestro cuerpo en la parte anterior y en un punto preciso. Este punto es diferente en cada persona, porque diferentes son las experiencias, y sus significados. Y diferente también era el nivel de maduración del sistema nervioso en el momento el en que se instauró este mecanismo defensivo.


Es relativamente fácil detectarlo.


Si quieres explorarlo te propongo colocarte sentada en el suelo con las piernas estiradas y los pies juntos.


Busca tu postura cómoda, permitiéndote arquearte hacia delante.


En esta posición, si pasas tus dedos desde el pubis hasta el cuello, encontrarás algunos pliegues que se han marcado. Habrá uno de ellos más profundo. Este es el pliegue por el que te doblegas. Este punto siempre corresponde a unas vértebras en la espalda, que están fijadas hacia atrás (en cifosis) y son más prominentes, situadas uno o dos dedos más arriba del nivel del pliegue.


Aunque será menos preciso, puedes seguir el mismo proceso sentada en una silla.


Una vez situado este pliegue más profundo, lo podrás detectar también, aunque de forma un poco más sutil, cuando te pongas en pie.


Puede estar en cualquier punto anterior del cuerpo. Los lugares más frecuentes son: justo antes del pubis, en el nivel del ombligo, del estómago, de la punta del esternón; puede ser también un hundimiento en el hueso del esternón e incluso puede situarse muy arriba en la base del cuello, al final del hueso del esternón, siendo la contrapartida de “la bola de bisonte” (7ª cervical).


También puede haber más de uno aunque siempre habrá uno más marcado.


Al andar quedará hundido y, en cierta forma, será el último punto que avanza.


Una experiencia.


1.- Por lo tanto después de haber detectado donde lo sitúas, lo que te propongo es ponerte de pie y acentuarlo. Exagéralo para poder descubrir su significado. Respira, anda, con el pliegue bien marcado intentando percibir tu sentimiento, tu expresión.


¿Qué significa para ti doblegarte en este punto?


2.- La segunda propuesta es aprender a abrirlo.


Para ello te propongo sentarte en una silla apoyando bien la parte posterior de las nalgas para evitar compensar excesivamente en la zona lumbar; una vez sentada, busca la forma de enderezar tu cuerpo, no como siempre, sino a partir de la apertura del pliegue.


Para ello, al coger el aire, en la inspiración, endereza el cuerpo desplegándolo como un abanico, o un acordeón abriendo especialmente el pliegue. Hundiendo tus dedos en él podrás darte cuenta si realmente lo abres.


Al expulsar el aire, en la espiración, hay que mantener el pliegue abierto. No volver a plegarlo, sino soltarlo hacia delante como si abrieras unas compuertas o una flor. Sin tensión. Sin forzar.


Puesto que éste es uno de nuestros puntos de defensa más importante no será tarea muy fácil lograrlo. La musculatura, que se habrá acortado y contraído para fijar la postura, se resistirá a soltar su tensión. Y aparecerán, tanto al nivel físico como emocional, lo que llamamos resistencias, que se manifestarán mediante compensaciones, con un intento del cuerpo para recuperar la tensión en otro sitio.


El principal punto que hay que observar es el apoyo de las nalgas: los ísquiones (huesos en las nalgas) no deben perder el contacto con la silla. Las piernas no deben separarse.


No hay que enderezarse al precio de tensión. Enderézate como si lo hicieras a cámara lenta. No debe haber tensión en los hombros, ni en el cuello, ni en la cara. Se abre el pliegue en la inspiración y se mantiene abierto soltando toda la tensión posible en la espiración.


Sabremos que hemos abierto realmente el pliegue, y no el lugar más fácil, cuando las vértebras de la espalda que le corresponden, (que estaban fijadas hacia atrás) también se hayan movido, metiéndose hacia dentro.


Una vez encontrado el movimiento ya puedes ponerte de pie.


Te propongo por ejemplo que vuelvas a abrir el pliegue (¡cuidado que no sea al precio de contraer la zona lumbar!), y que eches a andar como si quisieras que la zona del pliegue avanzara en primer lugar. Como si un hilo sutil tirara de él para hacerte avanzar. Siempre observando la respiración.


¿Puedes hacerlo sin poner tensión en otra parte del cuerpo? (nalgas, estómago, hombros, cuello, cara…)


La observación.


- Observa primero tu sentimiento profundo


¿Qué sientes al estar, al andar, con el pliegue abierto?


¿Qué implica?


¿Por qué crees que tu cuerpo huye habitualmente de esta expresión, doblándose?


- Cierra el pliegue de nuevo, anda y siente la diferencia.


- Después mírate en el espejo con el pliegue abierto, con el pliegue cerrado:


¿Qué expresa tu cuerpo de una forma y de otra?


¿Qué transmites?


A partir de esta información observa tu vida cotidiana.


Puedes empezar por ensayar andando de forma diferente por la calle. Avanzando la zona del pliegue en primer lugar.


¿Cuándo puedes, y cuando no, ir con el pliegue abierto?


Y en tu día a día:


¿En qué situaciones, con qué personas, te resulta más fácil abrir el pliegue?


Intenta enfrentarte a aquella situación difícil salivando y con el pliegue abierto.


Todo ello te aportará mucha información, muchos datos sobre cuando y por qué te doblegas; sobre algunos de tus sentimientos escondidos.


Información de con qué personas y en qué situaciones necesitas defenderte, protegerte o esconderte y cuando, y con quien, puedes abrirte.


Si te cuesta permanecer con el pliegue abierto (siempre soltándolo hacia delante), podrás percatarte de qué actitud es la que te cuesta mantener, qué te resulta difícil expresar y quizás percibir porqué te resulta problemático.


Y también podrás darte cuenta de cómo, cambiando tu lenguaje corporal, recibes respuestas diferentes.


Abrir o no abrir este pliegue va mucho más allá de un cambio físico como podría aprender un actor en los diferentes personajes que interpreta. Nos obliga a una reflexión sobre nosotras mismas, sobre nuestros miedos, y, muchas veces, nos pone frente a una realidad que disfrazábamos. Nos da una herramienta para explorar la experiencia del cambio y puede resultar interesante observar como nos resistimos a ello.


Como todo camino hacia el cambio, hay que echarle una buena dosis de constancia y auto-tolerancia.


La forma de nuestro cuerpo y nuestras actitudes no son caprichosas. Nos ayudaron a sobrevivir psíquicamente en circunstancias difíciles. Por lo tanto transgredir estos mensajes de seguridad requiere amor, paciencia y valentía.


Malén Cirerol

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